Los agujeros negros estaban, sin que apenas nadie lo percibiera en aquel entonces, en el centro la Teoría de la Relatividad General de Einstein. Nadie excepto el excelso matemático y astrofísico que dirigía a principios del Siglo XX el Observatorio de Postdam, Karl Schwarzschild, quien se daría cuenta pronto de su existencia y su importancia en la gravitación universal.
Pero la Primera Guerra Mundial complicó mucho su trabajo científico. Cuando Einstein publicó los artículos en los que enunciaba las ecuaciones del campo gravitatorio de su teoría, Schwarzschild se encontraba destinado en los campos de batalla de Rusia, encargado de calcular la trayectoria de los proyectiles de artillería. Él mismo se había presentado voluntario al ejército del Imperio alemán. Pero el trabajo debía quedársele pequeño porque, tras leer el trabajo de Einstein, se puso inmediatamente a aplicar las nuevas ecuaciones a los objetos del Cosmos.
Y las conclusiones no tardaron en llegar. En enero de 1916 -sólo tres meses después de la publicación de la Teoría de la Relatividad General-, Schwarzschild envió por correo sus resultados a Einstein. «Estoy seguro de que permitirán a su teoría brillar con mayor pureza», escribió desde el frente ruso el astrofísico alemán. El propio genio de la Física se rindió ante los cálculos de Schwarzschild. «Jamás habría esperado que la solución exacta al problema pudiera formularse de una manera tan simple», respondió, según cita el escritor Walter Isaacson en la biografía titulada Einstein, su vida y su universo (Debate).
Dyson: «Los agujeros negros no son raros y no constituyen un adorno accidental de nuestro universo. Son los únicos lugares del Universo donde la Teoría de la Relatividad de Einstein se muestra en toda su potencia y esplendor»
Pero no en todo estaba de acuerdo con los cálculos de Schwarzschild. Éste se había centrado en la curvatura del espacio-tiempo, tanto fuera como en el interior de una estrella esférica. No obstante, en sus conclusiones había algo con lo que Einstein jamás comulgaría. Si toda la masa de la estrella se comprimiese en un espacio lo suficientemente pequeño, el espacio-tiempo se curvaría de forma infinita sobre sí mismo. Lo que ocurriría en ese caso es que dentro de ese pequeño espacio -definido por lo que ha pasado a la historia de la Ciencia como radio de Schwarzschild- nada podría escapar de la fuerza gravitatoria de ese cuerpo, ni siquiera la luz. Pero, además, el tiempo también se vería afectado, dilatándose hasta cero. Dicho de otro modo, si una persona se situase cerca de ese objeto ultradenso quedaría, a ojos de un observador externo, congelado en el tiempo.
La Tierra en una canica
Eso ocurriría, según sus cálculos, si toda la masa de nuestro Sol se comprimiera en un radio de algo menos de tres kilómetros o a la Tierra si pudiésemos concentrar su masa en una canica de dos centímetros. Para Einstein esto era, sencillamente, imposible. Pero ni uno ni otro tendrían tiempo para comprobar que de lo que estaban hablando era de los agujeros negros. Schwarzschild murió en el frente a consecuencia de una enfermedad autoinmune que atacó a las células de su piel pocas semanas después de escribir a Einstein. Y éste también moriría antes de que otros gigantes científicos como Stephen Hawking, Roger Penrose, John Wheeler o Freeman Dyson demostrasen en la década de los 60 que la extraña teoría de Schwarzschild era algo más que real.
Al contrario de lo que ocurre con otras disciplinas científicas, los físicos suelen ser muy buenos vendedores de sus teorías y sus nombres son en ocasiones auténticos productos de marketing diseñados para triunfar. Según cuenta el profesor de Física de la Universidad de Columbia Brian Greene en su obra La realidad oculta (Crítica), el hecho de que el abismo gravitatorio creado por los agujeros negros atrape incluso a la luz implica que estas regiones del Universo estén fundidas en negro, por lo que, poco después de que se publicasen los resultados de Schwarzschild, fueron denominadas como «estrellas oscuras». También el efecto que tienen sobre el tiempo llevó a que se propusiese el nombre de «estrellas congeladas». Pero eso fue hasta que, medio siglo después, John Wheeler -físico teórico de la Universidad de Princeton y uno de los pioneros de la fisión nuclear dentro del Proyecto Manhattan que permitió el desarrollo de la bomba atómica- comenzó a estudiar estos objetos cósmicos ultradensos. «Wheeler, casi tan adepto al marketing como a la física», popularizó estas estrellas con el nombre que las ha hecho célebres: «agujeros negros», relata Greene.
En la actualidad, se han descubierto decenas de agujeros negros en todo el Universo y no pasa una sola semana sin que la comunidad científica publique un nuevo avance en el estudio de estos densos objetos cósmicos. Como explicó el brillante físico británico -nacionalizado después estadounidense- Freeman Dyson, los agujeros negros «no son raros y no constituyen un adorno accidental de nuestro universo. Son los únicos lugares del Universo donde la Teoría de la Relatividad de Einstein se muestra en toda su potencia y esplendor».
Sin embargo, a pesar de los casi 100 años que han pasado desde su descubrimiento y de los esfuerzos de algunas de las mentes científicas más brillantes del siglo XX aún hay muchas incógnitas en torno a los agujeros negros.
La última gran esperanza para avanzar en el conocimiento de estos misteriosos objetos se acaba de desvanecer recientemente. A pesar de lo terrorífico que pueda sonar para el gran público el concepto de un gran sumidero cósmico capaz de engullir cualquier objeto del Universo y del que nada puede escapar, hay agujeros negros en todas las galaxias.
Un sumidero cósmico cercano
Se han detectado agujeros negros en algunas cercanas, como en la Nube de Magallanes, a más de 130.000 años luz de distancia de la Tierra. Pero también en la Vía Láctea. De hecho, un enorme agujero negro de cuatro millones de veces la masa del Sol, llamado Sagittarius A*, domina el centro de nuestra galaxia.
Cuando engullen la materia de cualquier objeto cósmico, la gran atracción que generan acelera esta materia hasta una velocidad cercana a la de la luz. Y cuando eso sucede... ¡Fuegos artificiales! Se emiten rayos X
«En la Vía Láctea hay unos 100.000 millones de estrellas y todas ellas giran en torno a este fantástico agujero negro», dice Jorge Casares, investigador del Instituto Astrofísico de Canarias y de la Universidad de la Laguna. «Para tener ligadas gravitacionalmente a tantas estrellas hay que tener un agujero negro como Sagittarius A* o mayor», asegura.
A principios de año, dos de los grupos más punteros en el estudio y seguimiento de este agujero negro -el que dirige Andrea Ghez en la Universidad de California, Los Angeles (UCLA), y el de Stefan Gillessen en el Instituto Max Planck para Física Extraterrestre de Alemania- anunciaban que, por primera vez, los astrónomos tendrían la posibilidad de asistir a uno de los banquetes cósmicos de Sagittarius A*. Las observaciones indicaban que en los meses de marzo o abril de 2014 una nube de gas pasaría por el punto más cercano al agujero negro y sería devorada en apenas unos días.
La comunidad astrofísica esperaba el acontecimiento con impaciencia, pero finalmente no ha sido así. Las previsiones han fallado. La semana pasada, la propia Andrea Ghez publicaba una comunicación en un sistema de intercambio de información científica llamado The Astronomer's Telegram donde aseguraba que, después de alcanzar el punto más cercano a Sagittarius A*, la nube de gas -denominada G2- «está todavía intacta». Incluso en ese punto de máximo acercamiento, la distancia entre la nube de gas y el agujero negro sería todavía de 200 veces la distancia que hay de la Tierra al Sol.
«Se esperaba que se deshiciera en el punto más cercano y no ha sucedido», explica Marc Ribó, investigador experto en agujeros negros de la Universidad de Barcelona. «Se sigue observando como si fuera una fuente puntual, lo que permite pensar que G2 podría ser una nube de gas, pero que está alrededor de una estrella», opina.
Las previsiones científicas indicaban que la enorme fuerza gravitacional del agujero negro del centro de nuestra galaxia debería atraer a la nube de gas a velocidades de varios miles de kilómetros por segundo. Sólo para dar una idea de la magnitud, a esa velocidad se podría volar de desde Estados Unidos a España en menos de un segundo. Sin embargo, la fuerza gravitacional de esa posible estrella del interior de la nube de gas podría haber impedido que G2 fuera engullida por el agujero negro.
Representación artística del disco y de los chorros eyectados en el...
Representación artística del disco y de los chorros eyectados en el agujero negro de Cygnus X-1.
NASA
«Todavía hay gas que está siendo arrancado de este objeto, de la nube G2», asegura a EL MUNDO Andrea Ghez. «Y este material aún podría chocar eventualmente con Sagittarius A*, incluso aunque hubiese una estrella en el centro que evite que el objeto entero sea atraído en forma de espiral y devorado por el agujero negro. Así que sólo es cuestión del grado y la magnitud del evento que podamos observar», dice.
Sea como fuese, se ha desvanecido una oportunidad única para estudiar la acreción de una gran cantidad de materia en uno de los agujeros negros que predecía la Teoría de la Relatividad de Einstein y que demostró en 1916 Karl Schwarzschild desde los campos de batalla rusos.
Resulta paradójico pensar que, a pesar de la urgente actualidad que tiene el estudio del centro de la galaxia para los astrofísicos, Sagittarius A* se encuentra a 26.000 años luz de distancia de la Tierra, por lo que los acontecimientos que se estudian hoy ocurrieron en realidad hace 26.000 años.
Para los astrofísicos, la oportunidad perdida tampoco es el fin del mundo. «Puede ser que volvamos a tener alguna otra oportunidad a lo largo de nuestra vida», afirma Ribó. «Si hubiera pasado hace 15 años, no lo hubiéramos visto, porque los instrumentos de observación de entonces no lo permitían», dice. Y tiene mucha razón. El avance de las tecnologías de observación espacial de los últimos años han sido determinantes. Pero no sólo la construcción de potentes telescopios con espejos de varios metros de diámetro en el desierto de Atacama de Chile o en Hawai. También están siendo fundamentales otras tecnologías para profundizar en el estudio de los misteriosos agujeros negros.
Fuegos artificiales
Este blog pretende recopilar las noticias más representativas de los avances de la física de estos últimos años, antes de que desaparezcan de la web.
sábado, 10 de mayo de 2014
jueves, 8 de mayo de 2014
Un Universo virtual que se parece mucho a la realidad
Un modelo informático representa la evolución a lo largo de 13.000 millones de años de una porción representativa del cosmos
En una simulación que empieza muy poco después del Big Bang y que se extiende hasta la actualidad, astrónomos y expertos informáticos han conseguido la mayor aproximación hasta la fecha a la realidad observable del Universo.
Han simulado lo que pasó a lo largo de 13.000 millones de años en un cubo de 346 millones de años luz de lado (la estrella más cercana al Sol está a 4,2 años luz) y han conseguido que surja en sus pantallas la mezcla de galaxias elípticas y espirales que se observa en la realidad, así como detalles a mucha menor escala, la del gas y las estrellas, que con simulaciones anteriores no se apreciaban o no eran correctos.
En el Universo —un laboratorio único—, hay que recordar que mirar más lejos en el espacio es también mirar más atrás en el tiempo.
La simulación informática es, al mismo tiempo, una confirmación del modelo aceptado del Universo, que con solo seis parámetros es capaz de explicar casi todos los datos obtenidos mediante la observación, desde los primeros minutos de su existencia a la actualidad, como recuerda el astrónomo Michael Boylan-Kolchin en Nature, la misma revista en la que se publican los resultados.
A pesar de que la materia visible solo forma el 5% del Universo, y que sobre el resto (la energía oscura y la materia oscura) se desconoce casi todo, modelar esta pequeña parte ha resultado muy difícil por el amplísimo rango de distintas escalas implicadas.
El esfuerzo actual se basa en una mayor potencia informática y en incorporar al modelo los datos obtenidos en los últimos años mediante observaciones, que incluyen el comportamiento de las enigmáticas energía oscura y materia oscura, como explica Mark Vogelsberger, del MIT, que ha dirigido el estudio.
En el principio, en esta simulación, es la materia oscura, y de ella surge la materia ordinaria o visible. “Una de las razones por las cuales hicimos la simulación es que hemos aprendido mucho sobre la física del Universo en los últimos años y creemos que comprendemos bien su composición”, ha declarado a Space.com.
Entre los datos suministrados a los ordenadores están los relativos al enfriamiento del gas primordial, la evolución de las estrellas, la contribución energética de las explosiones de supernova, la producción de elementos químicos y los fenómenos periféricos a los agujeros negros supermasivos.
Muchos de estos procesos no se comprenden completamente e interactúan de forma compleja y no lineal, recuerda Boyla-Kolchin, quien también señala que el modelo tiene defectos, como su incapacidad de simular la formación de los agujeros negros en el Universo primitivo y la evolución de las galaxias menos brillantes alrededor de la Vía Láctea.
Para elaborar el modelo Illustris se han utilizado más de 8.000 ordenadores, con una capacidad de proceso, cada uno, similar a un PC, y el proceso de los datos numéricos llevó tres meses.
Con un solo PC se hubiera tardado 2.000 años, explican los investigadores, que proceden de Estados Unidos, Alemania y Reino Unido.
En una simulación que empieza muy poco después del Big Bang y que se extiende hasta la actualidad, astrónomos y expertos informáticos han conseguido la mayor aproximación hasta la fecha a la realidad observable del Universo.
Han simulado lo que pasó a lo largo de 13.000 millones de años en un cubo de 346 millones de años luz de lado (la estrella más cercana al Sol está a 4,2 años luz) y han conseguido que surja en sus pantallas la mezcla de galaxias elípticas y espirales que se observa en la realidad, así como detalles a mucha menor escala, la del gas y las estrellas, que con simulaciones anteriores no se apreciaban o no eran correctos.
En el Universo —un laboratorio único—, hay que recordar que mirar más lejos en el espacio es también mirar más atrás en el tiempo.
La simulación informática es, al mismo tiempo, una confirmación del modelo aceptado del Universo, que con solo seis parámetros es capaz de explicar casi todos los datos obtenidos mediante la observación, desde los primeros minutos de su existencia a la actualidad, como recuerda el astrónomo Michael Boylan-Kolchin en Nature, la misma revista en la que se publican los resultados.
A pesar de que la materia visible solo forma el 5% del Universo, y que sobre el resto (la energía oscura y la materia oscura) se desconoce casi todo, modelar esta pequeña parte ha resultado muy difícil por el amplísimo rango de distintas escalas implicadas.
El esfuerzo actual se basa en una mayor potencia informática y en incorporar al modelo los datos obtenidos en los últimos años mediante observaciones, que incluyen el comportamiento de las enigmáticas energía oscura y materia oscura, como explica Mark Vogelsberger, del MIT, que ha dirigido el estudio.
En el principio, en esta simulación, es la materia oscura, y de ella surge la materia ordinaria o visible. “Una de las razones por las cuales hicimos la simulación es que hemos aprendido mucho sobre la física del Universo en los últimos años y creemos que comprendemos bien su composición”, ha declarado a Space.com.
Muchos de estos procesos no se comprenden completamente e interactúan de forma compleja y no lineal, recuerda Boyla-Kolchin, quien también señala que el modelo tiene defectos, como su incapacidad de simular la formación de los agujeros negros en el Universo primitivo y la evolución de las galaxias menos brillantes alrededor de la Vía Láctea.
Para elaborar el modelo Illustris se han utilizado más de 8.000 ordenadores, con una capacidad de proceso, cada uno, similar a un PC, y el proceso de los datos numéricos llevó tres meses.
Con un solo PC se hubiera tardado 2.000 años, explican los investigadores, que proceden de Estados Unidos, Alemania y Reino Unido.
jueves, 17 de abril de 2014
Nuevo planeta extrasolar de tamaño parecido a la Tierra
El planeta Kepler-186f es ligeramente mayor que la Tierra y está en lo que se denomina zona de habitabilidad, es decir, a una distancia del astro a la que el agua ni se evaporaría ni se congelaría. Los científicos señalan que, teóricamente, allí podría haber agua en estado líquido en la superficie.
Está a unos 500 años luz de distancia de la Tierra y es el más exterior de los cinco planetas que giran en torno a una estrella enana, más fría que es Sol. “Hay gente que llama habitables a estos planetas y, por supuesto, no tenemos ni idea de si lo son. Solo sabemos que están en una zona habitable y que es el mejor lugar para buscar planetas que realmente lo sean”, advierte el astrónomo Stephen Kane, de la Universidad del Estado del San Francisco. Él forma parte del equipo, liderado por Elisa Quintana (astrónoma de la NASA), que ha descubierto el Kepler-186f con los datos obtenidos por el telescopio Kepler. Los investigadores han logrado determinar el tamaño de Kepler-186f (1,1 radio terrestre), pero aún no conocen su masa, por lo que no pueden calcular su densidad. “Una vez que conoces la densidad media de un planeta, puedes decir si es rocoso o no”, añade Kane. El descubrimiento se publica en la revista Science.
Kepler-186f está cerca del límite exterior de lo que sería la zona de habitabilidad alrededor de la estrella Kepler-186 (en la constelación del Cisne), por lo que el agua en su superficie correría el riesgo de congelarse, pero como es algo mayor que la Tierra, a lo mejor tiene una atmósfera protectora algo más densa que la de nuestro planeta y térmicamente más aislante.
La estrella en torno a la que gira es diferente del Sol: más pequeña, más fría, consume su combustible más lentamente y su luz es demasiado débil para ser observable a simple vista desde la Tierra. Las estrellas de este tipo, explica Kane en un comunicado de su Universidad, son abundantes en la galaxia y, en principio, serían prometedoras desde el punto de vista de buscar vida a su alrededor, porque duran mucho más que las grandes, “lo que alargaría considerablemente el plazo de tiempo en el que podrían surgir la evolución biológica y las reacciones bioquímicas en la superficie”, añade el investigador. Pero, por otra parte, estos astros tienen a ser más activos que el nuestro, con más destellos y, potencialmente, emitirían más radiación hacia los planetas. Kepler-186 f da una vuelta completa en torno a la estrella en 13o días terrestres y recebe de su estrella un tercio de la energía que la Tierra recibe del Sol.
“Una de las incógnitas más interesantes de la ciencia es si la vida puede surgir en otro planeta o, lo contrario: si es algo único del nuestro. El descubrimiento de planetas con propiedades similares a las de la Tierral es un eslabón importante en la cadena que hace falta para dar respuesta a esta pregunta”, afirma Fred Adams (Universidad de Michigan), científico del equipo.
En su caza de planetas similares al nuestro, los astrónomos habían descubierto ya algunos que, por algunas características, se ajustarían al patrón, resume Yudhijit Bhattacharjje en Science. Kepler 20e es algo más pequeño que la Tierra y gira en torno a una estrella similar al Sol, pero fuera de la zona de habitabilidad (estaría demasiado cerca del astro y, por tanto, sería demasiado caliente); Kepler-22b está en órbita de una estrella como la nuestra y en zona habitable, pero es más grande que la Tierra (2,4 veces su radio); y ahora Kepler-186 f, cuyo tamaño encaja y está en zona habitable, pero la estrella no es como el Sol. En las últimas dos décadas, desde que se descubrió el primero, los astrónomos han encontrado unos 1800 planetas extrasolares en otros sistemas planetarios. Solo 20 de ellos orbitan alrededor de sus estrellas en zona habitable, recuerda la Universidad de Michigan. Pero todos ellos eran, hasta ahora, mucho más grandes que la Tierra.
Los otros cuatro cuerpos compañeros de Kepler-186 f en torno a la estrella enana tienen un tamaño inferior a la mitad del terrestre y sus órbitas duran tres, siete, 14 y 22 días respectivamente. Son demasiado calientes e inhóspitos para una forma de vida como la que conocemos, explican los investigadores del Centro Ames de la NASA y el Instituto SETI, en los que trabaja Quintana.
El planeta Kepler-186f ha sido descubierto con el método de tránsito, es decir, midiendo la ligerísima atenuación del brillo de una estrella cuando un cuerpo en órbita a su alrededor se cruza en la línea de visión de la Tierra. Tras ser detectado con el telescopio espacial Kepler, de la NASA, los científicos recurrieron a grandes telescopios (el Keck II y el Gemini) en Hawai para confirmar el hallazgo y desvelar algunas de sus características.
Está a unos 500 años luz de distancia de la Tierra y es el más exterior de los cinco planetas que giran en torno a una estrella enana, más fría que es Sol. “Hay gente que llama habitables a estos planetas y, por supuesto, no tenemos ni idea de si lo son. Solo sabemos que están en una zona habitable y que es el mejor lugar para buscar planetas que realmente lo sean”, advierte el astrónomo Stephen Kane, de la Universidad del Estado del San Francisco. Él forma parte del equipo, liderado por Elisa Quintana (astrónoma de la NASA), que ha descubierto el Kepler-186f con los datos obtenidos por el telescopio Kepler. Los investigadores han logrado determinar el tamaño de Kepler-186f (1,1 radio terrestre), pero aún no conocen su masa, por lo que no pueden calcular su densidad. “Una vez que conoces la densidad media de un planeta, puedes decir si es rocoso o no”, añade Kane. El descubrimiento se publica en la revista Science.
Kepler-186f está cerca del límite exterior de lo que sería la zona de habitabilidad alrededor de la estrella Kepler-186 (en la constelación del Cisne), por lo que el agua en su superficie correría el riesgo de congelarse, pero como es algo mayor que la Tierra, a lo mejor tiene una atmósfera protectora algo más densa que la de nuestro planeta y térmicamente más aislante.
La estrella en torno a la que gira es diferente del Sol: más pequeña, más fría, consume su combustible más lentamente y su luz es demasiado débil para ser observable a simple vista desde la Tierra. Las estrellas de este tipo, explica Kane en un comunicado de su Universidad, son abundantes en la galaxia y, en principio, serían prometedoras desde el punto de vista de buscar vida a su alrededor, porque duran mucho más que las grandes, “lo que alargaría considerablemente el plazo de tiempo en el que podrían surgir la evolución biológica y las reacciones bioquímicas en la superficie”, añade el investigador. Pero, por otra parte, estos astros tienen a ser más activos que el nuestro, con más destellos y, potencialmente, emitirían más radiación hacia los planetas. Kepler-186 f da una vuelta completa en torno a la estrella en 13o días terrestres y recebe de su estrella un tercio de la energía que la Tierra recibe del Sol.
“Una de las incógnitas más interesantes de la ciencia es si la vida puede surgir en otro planeta o, lo contrario: si es algo único del nuestro. El descubrimiento de planetas con propiedades similares a las de la Tierral es un eslabón importante en la cadena que hace falta para dar respuesta a esta pregunta”, afirma Fred Adams (Universidad de Michigan), científico del equipo.
En su caza de planetas similares al nuestro, los astrónomos habían descubierto ya algunos que, por algunas características, se ajustarían al patrón, resume Yudhijit Bhattacharjje en Science. Kepler 20e es algo más pequeño que la Tierra y gira en torno a una estrella similar al Sol, pero fuera de la zona de habitabilidad (estaría demasiado cerca del astro y, por tanto, sería demasiado caliente); Kepler-22b está en órbita de una estrella como la nuestra y en zona habitable, pero es más grande que la Tierra (2,4 veces su radio); y ahora Kepler-186 f, cuyo tamaño encaja y está en zona habitable, pero la estrella no es como el Sol. En las últimas dos décadas, desde que se descubrió el primero, los astrónomos han encontrado unos 1800 planetas extrasolares en otros sistemas planetarios. Solo 20 de ellos orbitan alrededor de sus estrellas en zona habitable, recuerda la Universidad de Michigan. Pero todos ellos eran, hasta ahora, mucho más grandes que la Tierra.
Los otros cuatro cuerpos compañeros de Kepler-186 f en torno a la estrella enana tienen un tamaño inferior a la mitad del terrestre y sus órbitas duran tres, siete, 14 y 22 días respectivamente. Son demasiado calientes e inhóspitos para una forma de vida como la que conocemos, explican los investigadores del Centro Ames de la NASA y el Instituto SETI, en los que trabaja Quintana.
El planeta Kepler-186f ha sido descubierto con el método de tránsito, es decir, midiendo la ligerísima atenuación del brillo de una estrella cuando un cuerpo en órbita a su alrededor se cruza en la línea de visión de la Tierra. Tras ser detectado con el telescopio espacial Kepler, de la NASA, los científicos recurrieron a grandes telescopios (el Keck II y el Gemini) en Hawai para confirmar el hallazgo y desvelar algunas de sus características.
miércoles, 12 de marzo de 2014
Descubierta una estrella hipergigante
Con un diámetro de 1.300 veces el del Sol, tiene un astro compañero tan cercano que ambos se tocan y parecen un colosal cacahuete en el cielo
La estrella HR5171A está a unos 12.000 años luz de la Tierra, en la constelación del Centauro, y es una gigante amarilla, tan enorme que, con un diámetro de 1.300 veces el Solar, resulta la mayor que se conoce de este tipo.
Es aproximadamente un millón de veces más brillante que nuestra estrella. Lo ha descubierto un equipo internacional con el conjunto de telescopios VLT (del Observatorio Europeo Austral, ESO) en Chile y con una técnica avanzada de observación, pero combinando sus resultados con datos de otros telescopios y de trabajos de astrónomos aficionados que los científicos profesionales califican de “excelentes”. Es una de las diez estrellas más grandes, con un tamaño un 50% superior a la famosa supergigante Betelgeuse.
Las hipergigantes amarillas son poco corrientes, solo se conoce una docena de ellas en la Vía Láctea, y están en una fase de su evolución en la que son inestables y cambian rápidamente, expulsando y formando una nebulosa extensa a su alrededor, explican los expertos del ESO. En concreto HR5171A, está haciéndose más grande en los últimos 40 años, enfriándose al crecer.
Ilustración de la estrella HR5171A y su compañera que forman un sistema estelar doble en el que los dos astros se tocan. / ESO
HR5171A forma un sistema binario con una compañera de masa inferior y algo más caliente, con una temperatura de la primera en su superficie que ronda los 5.000 grados centígrados; la menor da una vuelta completa alrededor de la mayor cada 1.304 días terrestres, con un margen de error de seis días más o menos. Esta formación de sistema binario ha sido una sorpresa para los astrónomos al realizar las últimas observaciones. “Las dos estrellas están tan juntas que se tocan y el sistema en su conjunto parece un cacahuete gigante”, dice Olivier Chesneau (de la Universidad de Niza Sophia-Antipolis y del CNRS francés), líder de la investigación. Los resultados de este trabajo se van a publicar en la revista Astronomy and Astrophysics, pero el artículo se adelanta en internet (Arxiv), como es habitual en física.
“La compañera que hemos encontrado es muy importante porque puede influir en el destino de la HR5171A, por ejemplo arrancando sus capas exteriores y modificando así su evolución”, añade Chesneau en un comunicado del ESO.
Este equipo internacional ha recurrido al conjunto de grandes telescopios VLT que el ESO tiene en el cerro Paranal (Chile), con cuatro observatorios de 8,2 metros de diámetro cada uno y otros tantos auxiliares de 1,8 metros precisamente para utilizarlos en combinado mediante la técnica denominada interferometría.
Es un modo de observación habitual hace tiempo en radioastronomía, pero muy difícil en el caso de equipos de infrarrojo, como se ha hecho en este caso de HR5171A.
Al combinar la luz de la estrella captada por varios telescopios, el conjunto actúa, a efectos de resolución, como si se tratara de un único observatorio de espejo principal de 140 metros de diámetro.
La hipergigante amarilla fue observada hace dos años por el equipo internacional que lidera Chesneau durante una noche y media con el sistema de interferometría del VLT.
Pero estos científicos también han recurrido a estudios de HR5171A realizados con otros telescopios y a datos de los archivos astronómicos.
En total han abarcado 60 años de observaciones, dicen los científicos, lo que permite asomarse a los procesos evolutivos de la estrella. En cuando a los astrónomos aficionados, la concordancia de sus resultados con los de los profesionales es excelente y demuestra su calidad, señala el ESO, que cita los datos de Sebastián Otero, entre 2000 y 2013.
La estrella HR5171A está a unos 12.000 años luz de la Tierra, en la constelación del Centauro, y es una gigante amarilla, tan enorme que, con un diámetro de 1.300 veces el Solar, resulta la mayor que se conoce de este tipo.
Es aproximadamente un millón de veces más brillante que nuestra estrella. Lo ha descubierto un equipo internacional con el conjunto de telescopios VLT (del Observatorio Europeo Austral, ESO) en Chile y con una técnica avanzada de observación, pero combinando sus resultados con datos de otros telescopios y de trabajos de astrónomos aficionados que los científicos profesionales califican de “excelentes”. Es una de las diez estrellas más grandes, con un tamaño un 50% superior a la famosa supergigante Betelgeuse.
Las hipergigantes amarillas son poco corrientes, solo se conoce una docena de ellas en la Vía Láctea, y están en una fase de su evolución en la que son inestables y cambian rápidamente, expulsando y formando una nebulosa extensa a su alrededor, explican los expertos del ESO. En concreto HR5171A, está haciéndose más grande en los últimos 40 años, enfriándose al crecer.
Ilustración de la estrella HR5171A y su compañera que forman un sistema estelar doble en el que los dos astros se tocan. / ESO
HR5171A forma un sistema binario con una compañera de masa inferior y algo más caliente, con una temperatura de la primera en su superficie que ronda los 5.000 grados centígrados; la menor da una vuelta completa alrededor de la mayor cada 1.304 días terrestres, con un margen de error de seis días más o menos. Esta formación de sistema binario ha sido una sorpresa para los astrónomos al realizar las últimas observaciones. “Las dos estrellas están tan juntas que se tocan y el sistema en su conjunto parece un cacahuete gigante”, dice Olivier Chesneau (de la Universidad de Niza Sophia-Antipolis y del CNRS francés), líder de la investigación. Los resultados de este trabajo se van a publicar en la revista Astronomy and Astrophysics, pero el artículo se adelanta en internet (Arxiv), como es habitual en física.
“La compañera que hemos encontrado es muy importante porque puede influir en el destino de la HR5171A, por ejemplo arrancando sus capas exteriores y modificando así su evolución”, añade Chesneau en un comunicado del ESO.
Este equipo internacional ha recurrido al conjunto de grandes telescopios VLT que el ESO tiene en el cerro Paranal (Chile), con cuatro observatorios de 8,2 metros de diámetro cada uno y otros tantos auxiliares de 1,8 metros precisamente para utilizarlos en combinado mediante la técnica denominada interferometría.
Es un modo de observación habitual hace tiempo en radioastronomía, pero muy difícil en el caso de equipos de infrarrojo, como se ha hecho en este caso de HR5171A.
Al combinar la luz de la estrella captada por varios telescopios, el conjunto actúa, a efectos de resolución, como si se tratara de un único observatorio de espejo principal de 140 metros de diámetro.
La hipergigante amarilla fue observada hace dos años por el equipo internacional que lidera Chesneau durante una noche y media con el sistema de interferometría del VLT.
Pero estos científicos también han recurrido a estudios de HR5171A realizados con otros telescopios y a datos de los archivos astronómicos.
En total han abarcado 60 años de observaciones, dicen los científicos, lo que permite asomarse a los procesos evolutivos de la estrella. En cuando a los astrónomos aficionados, la concordancia de sus resultados con los de los profesionales es excelente y demuestra su calidad, señala el ESO, que cita los datos de Sebastián Otero, entre 2000 y 2013.
miércoles, 5 de marzo de 2014
El ‘Hubble’ fotografía una supernova que sorprende por su brillo
La explosión de una estrella que descubrieron, por pura casualidad, unos estudiantes británicos hace poco más de un mes se ha convertido en punto de interés de astrónomos en todo el mundo, que incluso han apuntado el telescopio espacial Hubble para verla.
Es la supernova más brillante que se ha detectado desde hace 27 años y todavía es visible en el cielo con telescopios modestos de aficionado. Además, es de un tipo especial (Ia) que utilizan los cosmólogos para medir grandes distancias en el universo. Pero el cielo suele dar sorpresas a los científicos y, en este caso, no solo a los jóvenes de la Universidad de Londres que fueron los primeros en verla. Un grupo de especialistas de la Universidad de Berkeley (EE UU) está estudiando la supernova, que estalló el pasado 21 de enero y que se denomina oficialmente SN 2014J, y ha visto que es extraña porque incrementó su brillo más rápido de lo esperado. “Puede que nos esté enseñando algo de las supernovas de tipo Ia que los teóricos necesiten comprender; tal vez lo que pensábamos que era un comportamiento normal de una de estas supernovas sea lo anormal”, señala Alex Filippenko, líder del equipo.
Una enana blanca tiene tanta masa como el Sol y el tamaño de la Tierra
Una supernova es una colosal explosión que sufre una estrella cuando se desestabiliza.
La descripción estándar de estos fenómenos habla de astros inmensos, mucho más masivos que el Sol, que, cuando las reacciones nucleares de su interior han consumido todo su hidrógeno y se han quedado sin combustible colapsan desencadenando todo el proceso de explosión en forma de supernova.
Pero las de tipo Ia son distintas: son estrellas enanas blancas, viejas y muy densas, tanto que en ellas una masa como la del Sol está comprimida en un tamaño equivalente al de la Tierra; si roban materia a un astro compañero o si se fusionan dos de ellas, pueden superar un cierto umbral de masa a partir del cual dejan de ser estables y se desencadena la colosal explosión.
Es lo que vieron un puñado de alumnos de la Universidad de Londres en la noche del 21 de enero pasado, durante unas prácticas, en las imágenes que lograron captar de la galaxia M82, entre las nubes de aquella noche poco adecuada para la astronomía observacional.
A Steve Fossey, el profesor, le sorprendió el punto brillante que aparecía en la galaxia bien conocida, hizo unas comprobaciones y resultó que se trataba de una supernova.
Una vez que se confirmó oficialmente, astrónomos de todo el mundo apuntaron sus telescopios hacia M82, situada a unos 11,5 millones de años luz de la Tierra.
También revisaron sus archivos de los días precedentes, y resultó que la SN 2014J estaba en fotografías tomadas antes. En concreto, el telescopio automático Katzman, en el observatorio Lick (California), la había captado el 14 de enero, solo unas 37 horas después de que fuera visible desde la Tierra. Incluso un astrónomo aficionado japonés la habría captado unas horas antes.
Unos días después, el 31 de enero la fotografió el Hubble, cuando estaba cerca de su máximo de brillo.
El equipo de Filippenko explica que la SN 2014J muestra el mismo brillo rápido que otra supernova, la SN 2013dy, que descubrió el telescopio Katzman el año pasado. “Dos de las tres supernovas de tipo Ia más recientes y mejor observadas son extrañas, lo que nos da nuevas pistas sobre cómo explotan las estrellas”, comenta el astrónomo de Berkeley, haciendo referencia a un tercer objeto de este tipo, la SN 2011fe, de hace tres años, y cuyo comportamiento se ajustó mejor a los modelos teóricos y a observaciones precedentes. Estos investigadores presentan sus conclusiones sobre la supernova del 21 de enero en The Astrophysical Journal Letters.
Los científicos usan los estallidos de tipo Ia para medir distancias en el cielo
El valor de las Ia como buen mojón de medida de distancias en el universo se debe a que estas supernovas generan el mismo brillo más o menos, lo que permite estimar la distancia a la que está la galaxia en la que se producen estas explosiones (igual que se puede calcular la distancia de una bombilla encendida si se conoce su potencia).
Y fue precisamente con dos investigaciones independientes que utilizaron, en los años noventa, estas supernovas para medir distancias en el cosmos y la velocidad de recesión de las respectivas galaxias como se descubrió la inesperada aceleración de la expansión del universo.
Los principales responsables de los dos equipos (Adam Riess, Brian Schmidt y Saul Perlmutter) recibieron el Premio Nobel de Física en 2011, con la aceleración (supuestamente debida al efecto de la denominada energía oscura) convertida ya en el tema más candente y misterioso de la cosmología actual.
El comportamiento anómalo de la última supernova “no contradice los resultados de la aceleración de la expansión”, dice Filippenko, “al refinar la comprensión de las explosiones de tipo Ia se pueden mejorar las medidas de distancias y hacer cálculos más precisos de la tasa de expansión, acotando mejor la naturaleza de la energía oscura”.
Otros científicos de Berkeley y de la Universidad Nacional Australiana han investigado el umbral de masa definido a partir del cual la estrella enana blanca explota en una supernova Ia, umbral por el que su brillo sería tan uniforme.
Richard Scalzo y sus colegas afirman ahora que estas estrellas explotan a partir de un rango de masas un poco más amplio que ese umbral.
Su investigación, que se publicará en la revista Monthly Notices of the Royal Society británica, ayudará a perfilar los modelos teóricos existentes sobre estas supernovas.
Es la supernova más brillante que se ha detectado desde hace 27 años y todavía es visible en el cielo con telescopios modestos de aficionado. Además, es de un tipo especial (Ia) que utilizan los cosmólogos para medir grandes distancias en el universo. Pero el cielo suele dar sorpresas a los científicos y, en este caso, no solo a los jóvenes de la Universidad de Londres que fueron los primeros en verla. Un grupo de especialistas de la Universidad de Berkeley (EE UU) está estudiando la supernova, que estalló el pasado 21 de enero y que se denomina oficialmente SN 2014J, y ha visto que es extraña porque incrementó su brillo más rápido de lo esperado. “Puede que nos esté enseñando algo de las supernovas de tipo Ia que los teóricos necesiten comprender; tal vez lo que pensábamos que era un comportamiento normal de una de estas supernovas sea lo anormal”, señala Alex Filippenko, líder del equipo.
Una enana blanca tiene tanta masa como el Sol y el tamaño de la Tierra
Una supernova es una colosal explosión que sufre una estrella cuando se desestabiliza.
La descripción estándar de estos fenómenos habla de astros inmensos, mucho más masivos que el Sol, que, cuando las reacciones nucleares de su interior han consumido todo su hidrógeno y se han quedado sin combustible colapsan desencadenando todo el proceso de explosión en forma de supernova.
Pero las de tipo Ia son distintas: son estrellas enanas blancas, viejas y muy densas, tanto que en ellas una masa como la del Sol está comprimida en un tamaño equivalente al de la Tierra; si roban materia a un astro compañero o si se fusionan dos de ellas, pueden superar un cierto umbral de masa a partir del cual dejan de ser estables y se desencadena la colosal explosión.
Es lo que vieron un puñado de alumnos de la Universidad de Londres en la noche del 21 de enero pasado, durante unas prácticas, en las imágenes que lograron captar de la galaxia M82, entre las nubes de aquella noche poco adecuada para la astronomía observacional.
A Steve Fossey, el profesor, le sorprendió el punto brillante que aparecía en la galaxia bien conocida, hizo unas comprobaciones y resultó que se trataba de una supernova.
Una vez que se confirmó oficialmente, astrónomos de todo el mundo apuntaron sus telescopios hacia M82, situada a unos 11,5 millones de años luz de la Tierra.
También revisaron sus archivos de los días precedentes, y resultó que la SN 2014J estaba en fotografías tomadas antes. En concreto, el telescopio automático Katzman, en el observatorio Lick (California), la había captado el 14 de enero, solo unas 37 horas después de que fuera visible desde la Tierra. Incluso un astrónomo aficionado japonés la habría captado unas horas antes.
Unos días después, el 31 de enero la fotografió el Hubble, cuando estaba cerca de su máximo de brillo.
El equipo de Filippenko explica que la SN 2014J muestra el mismo brillo rápido que otra supernova, la SN 2013dy, que descubrió el telescopio Katzman el año pasado. “Dos de las tres supernovas de tipo Ia más recientes y mejor observadas son extrañas, lo que nos da nuevas pistas sobre cómo explotan las estrellas”, comenta el astrónomo de Berkeley, haciendo referencia a un tercer objeto de este tipo, la SN 2011fe, de hace tres años, y cuyo comportamiento se ajustó mejor a los modelos teóricos y a observaciones precedentes. Estos investigadores presentan sus conclusiones sobre la supernova del 21 de enero en The Astrophysical Journal Letters.
Los científicos usan los estallidos de tipo Ia para medir distancias en el cielo
El valor de las Ia como buen mojón de medida de distancias en el universo se debe a que estas supernovas generan el mismo brillo más o menos, lo que permite estimar la distancia a la que está la galaxia en la que se producen estas explosiones (igual que se puede calcular la distancia de una bombilla encendida si se conoce su potencia).
Y fue precisamente con dos investigaciones independientes que utilizaron, en los años noventa, estas supernovas para medir distancias en el cosmos y la velocidad de recesión de las respectivas galaxias como se descubrió la inesperada aceleración de la expansión del universo.
Los principales responsables de los dos equipos (Adam Riess, Brian Schmidt y Saul Perlmutter) recibieron el Premio Nobel de Física en 2011, con la aceleración (supuestamente debida al efecto de la denominada energía oscura) convertida ya en el tema más candente y misterioso de la cosmología actual.
El comportamiento anómalo de la última supernova “no contradice los resultados de la aceleración de la expansión”, dice Filippenko, “al refinar la comprensión de las explosiones de tipo Ia se pueden mejorar las medidas de distancias y hacer cálculos más precisos de la tasa de expansión, acotando mejor la naturaleza de la energía oscura”.
Otros científicos de Berkeley y de la Universidad Nacional Australiana han investigado el umbral de masa definido a partir del cual la estrella enana blanca explota en una supernova Ia, umbral por el que su brillo sería tan uniforme.
Richard Scalzo y sus colegas afirman ahora que estas estrellas explotan a partir de un rango de masas un poco más amplio que ese umbral.
Su investigación, que se publicará en la revista Monthly Notices of the Royal Society británica, ayudará a perfilar los modelos teóricos existentes sobre estas supernovas.
sábado, 22 de febrero de 2014
La estrella más antigua del Universo
Big Bang, hace unos 13.800 millones de años. El Universo era un recién nacido extremadamente caliente y denso que comenzaba a expandirse después de la gran explosión que formó los primeros átomos. Pero a diferencia del Cosmos que conocemos hoy, los únicos elementos que había eran los más ligeros, el hidrógeno y el helio, los dos primeros de la tabla periódica de la Química. Pero eran suficientes para formar las primeras estrellas, aún gaseosas. Marea pensar que algún astro primigenio haya podido navegar en la inmensidad del tiempo astronómico para llegar a nuestros días tal y como se formaron instantes después del Big Bang. Pero así es. Un grupo de arqueólogos de estrellas, ha excavado los confines del Cosmos hasta encontrar un astro de hace más de 13.000 millones de años: la estrella más antigua del Universo.
Todo parecía haberse esfumado bajo las llamas a principios de 2003. Aquel verano austral, un incendio forestal iniciado cerca de Canberra arrasó cinco telescopios del Observatorio del Monte Stromlo y con ellos el programa estrella que permitía a Australia soñar con convertirse en líder de la Astronomía mundial. Las pérdidas se cuantificaron en más de 20 millones de euros. Pero el daño científico trascendía lo económico. Sin embargo, tras la desolación de aquel aciago año, resurgieron nuevos programas y nuevos instrumentos. De hecho, el Sky Mapper, el telescopio que sustituyó al histórico y carbonizado Telescopio Gran Melbourne, ha sido la herramienta utilizada por los arqueólogos de estrellas -los astrofísicos dedicados a la búsqueda de astros primigenios- para localizar la estrella más antigua encontrada hasta la fecha.
El hallazgo ha supuesto un éxito rotundo, pero el reto intelectual que tienen ante sí estos excavadores de galaxias tiene unas implicaciones científicas mayúsculas. Tanto Stefan Keller, investigador del Observatorio del Monte Stromlo y autor principal de la investigación publicada en Nature, como sus colegas esperan poder estudiar a partir de esta estrella cómo era el Universo en los primeros instantes tras el Big Bang y cómo han evolucionado las estrellas y la materia hasta el Cosmos moderno.
Cuando una estrella estalla se comporta como una suerte de reactor nuclear capaz de fusionar átomos ligeros y formar elementos más pesados, como los metales que ocupan las filas -periodos- bajas de la tabla periódica. Estos nuevos átomos expulsados al medio estelar, al Universo, enriquecen poco a poco las estrellas ya formadas en sucesivas rondas de explosión estelar y formación de nuevos elementos. Así se creó en el Cosmos la materia que forma cada objeto, cada charco de agua y que da vida a cada organismo sobre la Tierra. Sin que la mayoría de los seres humanos reparen en ello, somos polvo de estrellas. Tomando palabras del astrónomo y brillante divulgador Carl Sagan, somos «la ceniza de la alquimia estelar que ha cobrado vida».
Al margen del aspecto cosmológico, precisamente es la concentración de metales, en concreto la de hierro, lo que permite a los astrónomos rastrear las galaxias en busca de estrellas antiguas. De una forma muy simple, cuanto más hierro tiene una estrella más joven es y cuanto menor contenido tiene, más antigua. «La nueva estrella tiene un máximo de hierro que es 10 millones de veces menor que lo que contiene el Sol, eso quiere decir que puede que no tenga nada o casi nada de hierro», explica Frebel. «No sabemos cuáles son los límites de la arqueología estelar, pero ¡ese es el motivo por el que seguimos buscando más estrellas con tan poco hierro!».
Una pregunta se abre de forma inmediata: ¿Es posible encontrar una estrella sin hierro, formada sólo de hidrógeno y helio, como en los primeros instantes tras el Big Bang? «No sabemos contestar a esa pregunta aún. La teoría y las simulaciones nos dicen que las estrellas realmente primigenias tenían que ser muy masivas, así que tendrían una vida corta. Si de forma accidental se formó alguna estrella en aquel momento con poca masa (menos que la del Sol) entonces todavía debería andar por ahí afuera. Las estrellas con masas de 0,6 o 0,8 la del Sol tienen vidas de 15 o 20 millones de años. Si algún día encontramos una estrella sin siquiera trazas de hierro, sabremos que ese tipo de estrellas existieron», dice Frebel. Pero no es un trabajo sencillo. Según calcula Mike Bessell, otro de los autores también del observatorio australiano, la probabilidad de encontrar una estrella con bajo contenido de hierro es de una entre un millón. «Encontrar esta aguja en un pajar es posible gracias al telescopio Sky Mapper que es único para encontrar estrellas con poco hierro a partir de su color», explica Bessell.
En realidad no es tan sencillo como mirar por un telescopio y observar el color. La estrella localizada en esta ocasión, llamada de forma abreviada SMSS 0313-6708, está a 6.000 años luz de la Tierra, en la Vía Láctea, una distancia relativamente pequeña en términos astronómicos. Pero aún así su color se analiza con un espectrómetro capaz de analizar las propiedades de la luz que recibe de las diferentes estrellas. Estos arqueólogos del Cosmos han tenido que analizar 60 millones de estrellas hasta dar con su objetivo, algo parecido a cavar todo el desierto del Sáhara en busca de una joya egipcia que no se sabe siquiera si existe.
Todo parecía haberse esfumado bajo las llamas a principios de 2003. Aquel verano austral, un incendio forestal iniciado cerca de Canberra arrasó cinco telescopios del Observatorio del Monte Stromlo y con ellos el programa estrella que permitía a Australia soñar con convertirse en líder de la Astronomía mundial. Las pérdidas se cuantificaron en más de 20 millones de euros. Pero el daño científico trascendía lo económico. Sin embargo, tras la desolación de aquel aciago año, resurgieron nuevos programas y nuevos instrumentos. De hecho, el Sky Mapper, el telescopio que sustituyó al histórico y carbonizado Telescopio Gran Melbourne, ha sido la herramienta utilizada por los arqueólogos de estrellas -los astrofísicos dedicados a la búsqueda de astros primigenios- para localizar la estrella más antigua encontrada hasta la fecha.
El hallazgo ha supuesto un éxito rotundo, pero el reto intelectual que tienen ante sí estos excavadores de galaxias tiene unas implicaciones científicas mayúsculas. Tanto Stefan Keller, investigador del Observatorio del Monte Stromlo y autor principal de la investigación publicada en Nature, como sus colegas esperan poder estudiar a partir de esta estrella cómo era el Universo en los primeros instantes tras el Big Bang y cómo han evolucionado las estrellas y la materia hasta el Cosmos moderno.
Cuando una estrella estalla se comporta como una suerte de reactor nuclear capaz de fusionar átomos ligeros y formar elementos más pesados, como los metales que ocupan las filas -periodos- bajas de la tabla periódica. Estos nuevos átomos expulsados al medio estelar, al Universo, enriquecen poco a poco las estrellas ya formadas en sucesivas rondas de explosión estelar y formación de nuevos elementos. Así se creó en el Cosmos la materia que forma cada objeto, cada charco de agua y que da vida a cada organismo sobre la Tierra. Sin que la mayoría de los seres humanos reparen en ello, somos polvo de estrellas. Tomando palabras del astrónomo y brillante divulgador Carl Sagan, somos «la ceniza de la alquimia estelar que ha cobrado vida».
Al margen del aspecto cosmológico, precisamente es la concentración de metales, en concreto la de hierro, lo que permite a los astrónomos rastrear las galaxias en busca de estrellas antiguas. De una forma muy simple, cuanto más hierro tiene una estrella más joven es y cuanto menor contenido tiene, más antigua. «La nueva estrella tiene un máximo de hierro que es 10 millones de veces menor que lo que contiene el Sol, eso quiere decir que puede que no tenga nada o casi nada de hierro», explica Frebel. «No sabemos cuáles son los límites de la arqueología estelar, pero ¡ese es el motivo por el que seguimos buscando más estrellas con tan poco hierro!».
Una pregunta se abre de forma inmediata: ¿Es posible encontrar una estrella sin hierro, formada sólo de hidrógeno y helio, como en los primeros instantes tras el Big Bang? «No sabemos contestar a esa pregunta aún. La teoría y las simulaciones nos dicen que las estrellas realmente primigenias tenían que ser muy masivas, así que tendrían una vida corta. Si de forma accidental se formó alguna estrella en aquel momento con poca masa (menos que la del Sol) entonces todavía debería andar por ahí afuera. Las estrellas con masas de 0,6 o 0,8 la del Sol tienen vidas de 15 o 20 millones de años. Si algún día encontramos una estrella sin siquiera trazas de hierro, sabremos que ese tipo de estrellas existieron», dice Frebel. Pero no es un trabajo sencillo. Según calcula Mike Bessell, otro de los autores también del observatorio australiano, la probabilidad de encontrar una estrella con bajo contenido de hierro es de una entre un millón. «Encontrar esta aguja en un pajar es posible gracias al telescopio Sky Mapper que es único para encontrar estrellas con poco hierro a partir de su color», explica Bessell.
En realidad no es tan sencillo como mirar por un telescopio y observar el color. La estrella localizada en esta ocasión, llamada de forma abreviada SMSS 0313-6708, está a 6.000 años luz de la Tierra, en la Vía Láctea, una distancia relativamente pequeña en términos astronómicos. Pero aún así su color se analiza con un espectrómetro capaz de analizar las propiedades de la luz que recibe de las diferentes estrellas. Estos arqueólogos del Cosmos han tenido que analizar 60 millones de estrellas hasta dar con su objetivo, algo parecido a cavar todo el desierto del Sáhara en busca de una joya egipcia que no se sabe siquiera si existe.
martes, 4 de febrero de 2014
Chandra encuentra evidencias de Canibalismo estelar
La
imagen compuesta de la izquierda muestra los rayos X y los datos
ópticos para BP Piscium (BP Psc ) , una versión más evolucionada de
nuestro Sol a unos 1.000 años luz de la Tierra .
Los datos del Observatorio de rayos X Chandra son de color púrpura, y los datos ópticos del telescopio Shane 3 metros en el Observatorio Lick se muestran en naranja, verde y azul.
BP Psc está rodeada por un disco de polvo y gases y tiene un par de chorros de varios años luz de longitud de voladura del sistema .
Una vista de cerca se muestra por la impresión del artista de la derecha. Para mayor claridad se muestra un chorro estrecho , pero el chorro real es probablemente mucho más amplio , que se extiende a través de las regiones interiores del disco .
Debido al disco de polvo , la superficie de la estrella se oscurece en luz visible y en el infrarrojo cercano . Por lo tanto , la observación de Chandra es la primera detección de esta estrella en cualquier longitud de onda .El disco y los chorros , visto claramente en los datos ópticos , proporcionan evidencia de una interacción reciente y catastrófico en la que BP Psc consume una estrella cercana o planeta gigante . Esto sucedió cuando BP Psc se quedó sin combustible nuclear y se expandió a su fase de " gigante roja " .Jets y un disco suelen ser características de las estrellas muy jóvenes , por lo que los astrónomos pensaban que BP Psc podría ser uno también.
Sin embargo , los nuevos resultados de Chandra argumentan en contra de esta interpretación, ya que la fuente de rayos X es más débil de lo esperado para una estrella joven.
Otro argumento utilizado anteriormente contra el posible juventud de BP Psc es que no está cerca de cualquier nube de formación estelar y no existen otras estrellas jóvenes conocidas en sus inmediaciones .
La imagen de Chandra apoya esta ausencia de un cúmulo de estrellas jóvenes , ya que los estudios múltiples longitudes de onda muestran que la mayoría de las fuentes de rayos X en la imagen compuesta es probable que se de rápido crecimiento de agujeros negros supermasivos en los centros de galaxias distantes.
Los datos del Observatorio de rayos X Chandra son de color púrpura, y los datos ópticos del telescopio Shane 3 metros en el Observatorio Lick se muestran en naranja, verde y azul.
BP Psc está rodeada por un disco de polvo y gases y tiene un par de chorros de varios años luz de longitud de voladura del sistema .
Una vista de cerca se muestra por la impresión del artista de la derecha. Para mayor claridad se muestra un chorro estrecho , pero el chorro real es probablemente mucho más amplio , que se extiende a través de las regiones interiores del disco .
Debido al disco de polvo , la superficie de la estrella se oscurece en luz visible y en el infrarrojo cercano . Por lo tanto , la observación de Chandra es la primera detección de esta estrella en cualquier longitud de onda .El disco y los chorros , visto claramente en los datos ópticos , proporcionan evidencia de una interacción reciente y catastrófico en la que BP Psc consume una estrella cercana o planeta gigante . Esto sucedió cuando BP Psc se quedó sin combustible nuclear y se expandió a su fase de " gigante roja " .Jets y un disco suelen ser características de las estrellas muy jóvenes , por lo que los astrónomos pensaban que BP Psc podría ser uno también.
Sin embargo , los nuevos resultados de Chandra argumentan en contra de esta interpretación, ya que la fuente de rayos X es más débil de lo esperado para una estrella joven.
Otro argumento utilizado anteriormente contra el posible juventud de BP Psc es que no está cerca de cualquier nube de formación estelar y no existen otras estrellas jóvenes conocidas en sus inmediaciones .
La imagen de Chandra apoya esta ausencia de un cúmulo de estrellas jóvenes , ya que los estudios múltiples longitudes de onda muestran que la mayoría de las fuentes de rayos X en la imagen compuesta es probable que se de rápido crecimiento de agujeros negros supermasivos en los centros de galaxias distantes.
| Fast Facts for BP Psc: | |
| Créditos | X-ray (NASA/CXC/RIT/J.Kastner et al), Optical (UCO/Lick/STScI/M.Perrin et al); Illustration: NASA/CXC/M.Weiss |
| Fecha de Publicación del estudio | September 14, 2010 |
| Escala | EL panel izquierdo es 7 arcmin a través (2 años luz) |
| Categoría | Estrellas normales y Cúmulos de Estrellas |
| Coordinadas (J2000) | RA 22h 22m 24.70s | Dec -02° 13' 41.40" |
| Constelación | Piscis |
| Fecha de Observación | 12 y 13 Ene 2009 |
| Tiempo de Observación | 21 horas |
| Obs. ID | 8900, 10856 |
| Instrumento | ACIS |
| Referencias | Kastner, J et al, 2010, ApJL, 719:L65-L68 |
| Código de Color | X-ray (Púrpura); Optico (Naranja, Verde, Azul) |
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